The one thing you really need to know before starting a business is yourself.”

Serena Guen, founder and CEO of Suitcase Magazine.

He escrito este artículo pensando en aquellos que estéis a punto de lanzaros a la aventura y montar algo por vuestra cuenta, pero todavía no habéis decidido si hacerlo en solitario o con colegas.

Pero también para los que ya lleváis un tiempo, solos o con socios, y no termináis de encontraros a gusto. Aunque no sepáis exactamente porqué.

Y también puede ser para ti, que no estás ni en un momento ni en otro. Pero quién sabe, quizás lo estés en poco tiempo. Las cosas cambian tan rápido…

No encontrarás soluciones ni recetas infalibles, porque -con franqueza- no tengo ninguna. Sólo reflexiones que comparto contigo y que he ido observando con los años.

Y si tienes alguna observación, adelante, cuéntanosla. Me encantará leer tu opinión.


Antes de asociarse con nadie, responda a la siguiente pregunta: “¿Por qué se asocia?”. Sé que en este punto, y si ya ha invitado a varias personas a su barco, se sentirá incómodo.
(…) Voy a poner el dedo en la llaga. El motivo principal por el cual el emprendedor novel se asocia es éste: miedo. Miedo a emprender, miedo a que las cosas vayan mal, a no tener en quién apoyarse, miedo a no ser capaz de hacerlo todo, miedo a cometer errores, miedo, en definitiva, a estar solo.
Fernando Trías de Bes, “El libro negro del emprendedor”.

Más tarde o más temprano, casi todos los que trabajamos en profesiones llamadas “creativas” pasamos por algún momento de cambio en el que se nos empieza a mostrar como muy apetecible lanzarnos a la aventura empresarial por libre. Puede ser porque no estemos contentos en nuestro trabajo, porque necesitemos un cambio de actividad, o porque acabemos de conocer a alguien con quien nos sentimos tan a gusto que crear un proyecto conjunto nos parece una idea tan fantástica que -por favor, cómo no- tenemos que lanzarnos sí o sí.

Otros, como es mi caso, llevamos unos cuantos años trabajando y hemos probado de todo: crear empresas con socios, trabajar con colaboradores, por nuestra cuenta o por cuenta ajena. De cada situación he aprendido algo importante, lo que me ha permitido entender mejor -y perfeccionar- mi método de trabajo, mis relaciones con cualquier equipo de colaboradores o clientes y en general a mi misma.

Lo primero -pues- es conocerse muy bien a uno mismo. Cuáles son nuestras debilidades, qué se nos da bien y qué es mejor que no toqueteemos demasiado. Con sinceridad, sin dramas, pero tampoco dejándonos llevar por el dichoso y recurrente síndrome del impostor. Sé realista: nadie cambia de temperamento de la noche a la mañana. Pregúntate también hasta qué punto esas supuestas “debilidades” pueden o deben ser cubiertos por un socio, y no por un empleado o colaborador.


El visionario


Thought Catalog

Según mi experiencia, la vida como autónomo se ajusta a dos tipos de diseñadores. El primer tipo es el individuo muy capaz, con muchos recursos y habilidades especializadas.(…) El segundo tipo podría definirse como el creativo solitario. Se trata de individuos con una fuerte visión personal que son incapaces de acomodarse con comodidad a la estructura de un grupo de diseño o un estudio de una empresa.
(…) Si trabajas por tu cuenta, debes ser más disciplinado, no menos.”
Adrian Shaughnessy, “Cómo ser diseñador gráfico sin perder el alma”.

Hay personas que tienen una visión muy personal acerca de cómo llevar a cabo su idea. Que tienen la energía y el foco necesarios para sacarla adelante sin más apoyos que los necesarios por cuestiones logísticas o técnicas. Que saben negociar y argumentar cuando es necesario, pero no quieren cargar con el lastre de uno o varios socios que ni entienden su visión ni tienen el mismo vigor para llevarla a cabo. Que entienden el valor de dejarse aconsejar por aquellos que ya han estado ahí, o que saben más de algún tema que ellos. Que se quedan sólo con lo que necesitan, sueltan rápidamente lo que no, y siguen adelante. Contra viento y marea.

Este tipo de personas hacen bien en seguir en solitario. De otro modo es probable que terminasen por frustrarse y quemarse, abandonando su idea o perdiendo su energía en discusiones interminables con temperamentos muy distintos del suyo.

Quítate de encima también el prejuicio de que ser un lobo solitario te convierte en una persona egoísta, ególatra e inmadura, incapaz de colaborar con otros. A ver, puede que todo eso o parte sea cierto, pero no necesariamente. Al fin y al cabo, siempre vas a tener que negociar con los demás: clientes, proveedores, público, familia… hasta con tus expectativas. Así que puede que tu aversión a discutir tu idea con otros no sea la principal razón por la que prefieres trabajar solo.

Estar solo también tiene sus ventajas, no te creas, porque para según qué tipo de trabajos tener un socio no compensa. Hay profesiones con un alto perfil creativo (artistas, ilustradores, escritores…) que realmente pueden sufrir demasiado si todas sus decisiones son juzgadas y coartadas. Puede que necesiten un apoyo en determinadas áreas (la gestión o la comercialización suelen ser las más habituales), pero esto no implica tener un socio. Si eres capaz de delegar aquello que no se te da bien en otros profesionales -y si económicamente te lo puedes permitir- lo mejor es que lo hagas así.

Porque puede que tu visión sea tan nítida, tan potente, que tu necesidad de llevarla a cabo prácticamente tal cual sea inamovible e incompatible con la intervención de otras personas. Algo que debes probar por ti mismo. Pero -si me admites el consejo- busca ayuda con aquello que no sepas solucionar tu solo. Sobre todo si son del tipo de tareas que, aunque necesarias, no son las que hacen que tu proyecto o trabajo sea especial. Que consuman de tal manera tus recursos más valiosos (tiempo, talento) que un día te encuentres en un mar de quehaceres rutinarios y anodinos sin saber cómo salir de él.

Pero, sobre todo, mantén una constante visión crítica sobre tu idea y tu capacidad -o conveniencia- de llevarla a cabo en solitario. O serás el único responsable de darle vida para dejarla agonizar después.

Y seamos sinceros: cuanto más pequeña es tu estructura, más frágil es. Si trabajas tú solo y caes enfermo, todo el trabajo se detendrá hasta que puedas volver y puedes perder clientes -a veces para siempre-. Tu capacidad de aceptar trabajos y también de que éstos tengan cierto alcance suele ser limitada. Al fin y al cabo, no vendes tus ideas: vendes tu tiempo. Y si tu no estás, nadie más podrá sustituirte.

Por otro lado, si sólo estás tu, nadie depende de ti y la libertad es -casi- absoluta. Puedes cerrar y abrir tu estudio cuando quieras, dedicándote a viajar, aprender o a no hacer nada una temporada, volviendo cuando lo necesites.


Sólo no, con amigos sí


Charles Koh

Incluso cuando encuentras al socio perfecto, el trabajo duro no ha hecho más que empezar. Las asociaciones deben atenderse, nutrirse y repararse cuando se dañan.
(…) Las asociaciones también tienen que estar protegidas por acuerdos escritos, ya que la química emocional no basta”.
Adrian Shaughnessy, “Cómo ser diseñador gráfico sin perder el alma”.

Las diferencias son notables: con un socio compartes responsabilidades (al menos en teoría), pero también decisiones. Tendrás que poner a prueba tu capacidad de negociación y tu disposición a ver un problema desde otros puntos de vista. Sin olvidar que el objetivo es encontrar qué es mejor para vuestro estudio o empresa, no para tu ego.

Muchos de los conflictos iniciales al montar una empresa suele venir de que ninguna de las partes entiende o valora el lado empresarial de la iniciativa. O bien que son de especializaciones tan similares que su unión les hace muy buenos en un área concreta, pero muy deficitarios en las demás. La gestión del día a día, el papeleo, las cuentas, el trato con el cliente… son aspectos tanto o más importantes que el trabajo en sí. Porque de repente -y créeme, llegan sin avisar- aparecen las deudas, la ausencia de proyectos e ingresos, las diferencias entre qué proyectos aceptar y cuáles no, y por cuánto.

En la mayoría de las universidades o escuelas -especialmente en el ámbito artístico y creativo- no enseñan nociones básicas sobre cuestiones críticas como gestión, economía o marketing. Y sin embargo, son la causa nº 1 de que los nuevos estudios o empresas no lleguen al primer año de vida.

Hay muchos tipos de socios, que pueden ir desde el socio capitalista (que pone dinero pero apenas interviene en el día a día) hasta el que comparte rutina y trabajo, y entre ambos encontrarás un amplio espectro de posibilidades. Pero volvamos al principio: cuanto mejor os conozcáis, mejor sabréis en qué sois buenos y en qué no. Lo ideal, claro está, es que os complementéis. Os será más fácil establecer a que áreas os dedicaréis cada uno y cuáles serán vuestras competencias, en las que uno tendrá más capacidad de decisión y gestión que el resto. Es una forma también de sobrellevar el estrés de tener que compartir y rebatir todas las decisiones, y satisface -o al menos calma- a ese lado “jefazo” que todos tenemos en mayor o menor medida.

Tener socios también te obliga a encontrar argumentos para defender tus posiciones. Cuando trabajas solo, nadie discute tus decisiones creativas salvo el cliente -que no siempre tiene las nociones suficientes como para hacer una crítica certera y acertada-. Pero tus socios es más probable que den en el clavo y capten enseguida los puntos débiles de tu propuesta. Y esto te obliga no sólo a justificar tus razonamientos, si no también a tener un mayor sentido crítico sobre ella.

Es una excelente vía también para ejercitar nuestra responsabilidad: si nos hacemos cargo de una parte de las decisiones del estudio, no solo tendremos que rendirnos cuentas a nosotros mismos, también a nuestro compañero/os. Supone una gran presión, de acuerdo, pero también una oportunidad de practicar la toma de decisiones y la previsión de posibles conflictos. Si todas las decisiones son conjuntas, hasta las más nimias, no sólo terminaréis creando un monstruo imposible de gestionar que se comerá todo vuestro tiempo y energías, si no que las responsabilidades serán difusas y nadie querrá hacerse cargo si algo sale mal.

Si lo piensas, todo esto no es más que un entrenamiento fantástico para ejercitarte en el maravilloso arte de vender tu idea. Porque ya sabes qué dicen: la mitad del trabajo es tener una buena idea, la otra mitad es convencer a los demás de que realmente lo es.

Sin embargo, no todas las relaciones profesionales son precisamente idílicas. De hecho, ninguna lo es. Habrá roces, diferencias, alguna discusión fuerte. Es lo previsible y no debería preocuparos más de lo necesario cuando aparezcan. Son conflictos naturales que debéis tratar con honestidad, siendo sinceros y claros sobre vuestras posiciones. Pero sin olvidar en ningún momento que sólo estáis hablando de trabajo y que de vosotros depende encontrar soluciones que beneficien al conjunto del estudio o empresa. Deberéis ser capaces de analizar lo más objetivamente posible la situación -por un lado- pero también deberéis ser conscientes de qué emociones están interfiriendo en la solución.

Conclusiones


Jad Limcaco

Pocas veces somos nosotros mismos los que elegimos si trabajamos en solitario o en grupo. Los autónomos también suelen colaborar en proyectos en los que varios actores persiguen un objetivo, es decir: también ellos trabajan en grupo.
(…) Sin embargo, el trabajo en grupo no siempre es, por fuerza, el más eficaz. Uno de los juegos de creatividad más habituales -el brainstorming o lluvia de ideas- parece ser incluso contraproducente.
(…) El trabajo creativo es, sin duda, un asunto solitario, el diseñador desarrolla su actividad aislado y concentrado. En compañía de otros podemos desarrollar más rápidamente labores rutinarias.
Frank Berzbach, “Psicología para creativos”.

Hay profesiones en las que -aparentemente al menos- se vuelca menos carga personal y emocional que en las llamadas industrias “creativas”, donde parecemos ser más propensos a dejarnos llevar por las emociones en lo que respecta a nuestro trabajo. Reconozcámoslo: no es desapasionado ni rutinario. Pero no olvidemos que tampoco estamos salvándole la vida a nadie. Un buen punto de partida para interpretar lo que nos sucede en el entorno laboral es precisamente reconocer la importancia relativa de lo que hacemos. Para nosotros, y para el mundo en general.

Tanto si estás pensando en iniciar un proyecto en solitario como si ya tienes socios en mente, párate un momento e intenta pensar fríamente si ésa es la mejor opción posible, teniendo en cuenta no sólo tus circunstancias personales, profesionales y económicas, si no también tu temperamento. Hay todo un rango de posibilidades entre estar solo y tener socios, desde ser colaboradores esporádicos, hasta ser una pareja creativa que funciona según qué proyectos, pero manteniendo algunas actividades independientes. Tener algún tipo de contrato escrito entre las partes no sólo es buena idea, es imprescindible si legalmente os constituís como empresa. En caso de problemas o simplemente cambios (por ejemplo que una persona decida irse por cuenta propia), hará más sencillo y ágil el trámite, y es probable que también minimize su coste “emocional”.

Por último: no te agobies demasiado. A menudo la única forma de comprobar nuestras teorías es probándolas. Es más importante que seas muy consciente y realista con la situación, lo que te permitirá hacer cambios o ajustes cuando sea necesario, que intentar prever y calcular todas las situaciones posibles antes de tomar la decisión, que además es virtualmente imposible. Los humanos no somos buenos prediciendo el futuro, sin contar con que lo harías bajo el filtro de tus ilusiones y tus miedos. Calcula lo imprescindible, toma decisiones rápidas y prepara un plan B por si acaso.

Mucha suerte 🙂

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